—Vete. —Y con la voz asfixiada y terrible—: Vete. Mira que llamo. Te mando al Aljube. Vete.
—¡Mas oye!
—Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
—¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! —dijo ella sofocada.
—Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y acercándose más a ella, murmuró:
—¡Eres una ladrona!
Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el bastón.
Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los bultos su vestido azul.
Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió a saber más de aquella señorita rubia.