—¡No me haga daño! —suplicó, encogiéndose toda.

Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose, dijo al joyero:

—Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad. Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?

Abrió la cartera y pagó.

Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe, disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.

Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.

Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas, los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la noche: Palafox en Zaragoza.

En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:

—Vete.

—¡Oye! —rogó ella, con la cabeza toda inclinada.