—Esa señora cogió de ahí un anillo.

Macario quedó inmóvil, encarándolo.

—Un anillo con dos brillantes —continuó el muchacho—. Lo vi perfectamente.

El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase espesamente.

—Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...

Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa, con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:

—Luisa, di...

Se le cortó la voz.

—Yo... —balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó caer el manguito en el suelo.

Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso, bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija: