II
La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza, no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor; todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel.
—Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos, merece dos muertes!
Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse, riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra Señora del Pilar.
En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario y llevar las disculpas de la esposa —¡que no puede venir (murmuraba curvado delante del altar) por lo que sabéis, Virgen purísima!—. Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las puertas de su solar.
De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.
A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del Avemaría.
Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.
En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras. ¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro; realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad.
Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar, un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos, tan arrugado y taciturno a su marido y señor.