Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado, para contarle las nuevas recogidas.

Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas, que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con ella de cosas fáciles y naturales:

—Señora —dijo—, quiero que me escribáis una carta que me conviene mucho escribir...

Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y, apartándose de la mesa, gritó con aflicción:

—Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades?

En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:

—¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que os vuelco el corazón!...

Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que todo aceptaba, doña Leonor murmuró:

—¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.

Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía, una vez conclusa, en letra trémula e incierta: