«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente... Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta ansia os espera...»
—Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.
Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si la desnudasen delante de una multitud.
—Y ahora —ordenó el marido sordamente—, dirigidla a don Ruy de Cárdenas.
Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre desconocido.
—¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! —gritó el hombre sombrío.
Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor de los pasos en las losas del corredor.
Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas, de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y promesas tantas.
¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la escalera... ¿Para qué?
Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no; el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente, en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos, que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy, poco cauteloso como bien enamorado.