Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy temprano, de madrugada!
¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!
¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana, bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara colocar la escalera en la ventana?
Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente, frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...
¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta, para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro, o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia, mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible emboscada y el engaño?
¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche, mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna desesperación...!
Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a la puerta de la iglesia, en Segovia...
Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba a levantar, murmuró con una infinita amargura:
—¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos nosotros!...