Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón una carta y se la entregó, murmurando:

—Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...

Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.

El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:

—¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis una señal de haber recibido el recado.

Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le detuvo don Ruy.

—Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?

—El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de los Ahorcados.

—Bien.

Subió don Ruy...