Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro, adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría también su cuerpo.
¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la tornaban más bella y más apetecida!
Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente. Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien dispuesta.
¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto. Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre de la ingrata». ¡Cómo se engañaba!
Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales, dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol, hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho hasta Cabril.
Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde. Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura, famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos, que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor, abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita: «¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era, que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo bajo el poder de otro amo!
¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!
¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque, justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas, y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente —¡el toque de agonía no era, pues, de mal presagio!—. Don Ruy montó de nuevo en el caballo, y partió alegremente.
Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad, amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante. ¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una jaula.
Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad. Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas, doblada sobre un cayado y llevando un candil.