—¿Adónde va este camino? —gritó Ruy.
La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.
—A Jarama.
Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo, los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados. Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco, sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido, levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos.
Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la luna grande y llena por el cielo.
Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que le llamaba, suplicante y lenta:
—¡Caballero, deteneos; venid acá!...
Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos, recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos. Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante. Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:
—¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!
De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que, siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados, pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia.