¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.

Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los cuatro cuerpos suspensos, gritó:

—¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de Cárdenas?

En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde la ventana a la calle:

—Señor, fui yo.

Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las manos y los pies, estos resecos y del color del betún.

—¿Qué me quieres?

El ahorcado, suspirando, murmuró:

—Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy colgado.

Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda.