Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era; pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una lengua tan negra como el carbón.
Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada:
—¿Tú estás vivo o muerto? —preguntó.
El hombre encogió los hombros con lentitud:
—Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es la muerte?...
—Pero ¿qué quieres de mí?
El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:
—Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.
El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas, que el caballo se empinó, como asombrado también.
—¿Conmigo a Cabril?...