El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo rasgón de la camisa de estameña:

—Señor —suplicó—, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran salario si os hago este gran servicio!

Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta y larga Señal de la Cruz.

El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:

—Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos remisión, y yo solo de ella espero misericordia.

Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio, bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso acompañamiento.

—¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te preguntaré ni tú me preguntes nada.

Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre murmuraba con infinito alivio y dulzura:

—¡Qué gusto da correr!

Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.