Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...

¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su espíritu!...

Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano. Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas, irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato, entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, sin un rumor.

La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah, cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!

De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de piedra, todo revestido de begonias.

—Señor —murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don Ruy—, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de más el rumor de nuestros pies...

Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y seguro, al tronco de un álamo seco.

Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna alumbraba.

Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles, porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda.

Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos, fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva, atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó, abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban, cubiertos por la rama de arbustos en flor.