—¡Por allí! —murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado.

Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped. Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma. El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.

—¡Chist! —hizo el ahorcado.

Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los brazos abiertos, como las trancas de una cancilla.

Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar. Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de cuerda.

El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí, con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó:

—¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis, aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...

¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la ventana! Luego murmuró sordamente:

—¡No, por Dios!

Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa: