—¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una gran merced!
Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza.
Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó la capa y asentó el pie en el primer tramo! —«¡Oh, allá va, ya sube el maldito!»— rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura, que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba, posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la luna alta y redonda en el cielo de verano.
Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:
—¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de muerte!...
Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la claridad del sol.
¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le empujaba nuevamente:
—¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!
Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo, atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en el viento de la carrera que los zahería:
—¿En dónde queréis que os deje?