El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el pomo de la daga, repuso:
—¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!
Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de espuma.
El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida, y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una respetuosa súplica:
—¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!
Don Ruy estremeciose de horror.
—¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?
El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:
—¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es más grata a Dios!
Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga. Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna descendía rápida y desfallecía.