Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada con la espada.
—¿Cómo queréis que os cuelgue? —exclamó—. No llego con la mano al otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.
—Señor —respondió el hombre—, ahí, al lado, debe de haber un rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.
Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero, afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado natural, entre los demás ahorcados.
—¿Estás bien así?
Lenta y sumisa vino la voz del muerto:
—Señor, estoy como debo.
Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.
—Y ahora, ¿qué más quieres? —preguntó don Ruy comenzando a ponerse los guantes.
Desde lo alto, el ahorcado murmuró: