—¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio, que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!

Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración por aquel buen ahorcado.

Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.

IV

A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de su jardín.

Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...

Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho, y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío. Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y —¡caso maravilloso!—, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!

¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada; todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos, frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes, todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna gota de sangre sobre la finísima arena.

¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que mustia.

Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio, tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia. Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche; y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza afinaba perezosamente la bandurria.