Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado, mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.

Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de la esquina percibíase tenue claridad.

Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto. ¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón? ¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes, con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían limosna y bendecían a las mozas.

Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a leer un edicto.

El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima, que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso, la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!

Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero, arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los muertos se privaban de tamaños ultrajes!

Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado. Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro, poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara, que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado al muerto!

Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto, comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada, que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra, buscando algo...

V

Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros, se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio, pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas libres por las ojivas de la vieja iglesia.