Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de 1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y sobre el mar.
JOSÉ MATÍAS
¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José Matías —del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de Garmilde... Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio como una espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca indecisa de contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria y fina. ¡Y espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan penetrante, que comprendió mi Defensa de la Filosofía Hegeliana! Esta imagen de José Matías data de 1865; porque la última vez que le encontré, en una tarde agreste de enero, metido en un portal de la calle de San Benito, tiritaba dentro de una levita color de miel, roída en los codos, y olía abominablemente a aguardiente.
¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra, volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo que Craveiro, que preparaba las Ironías y Dolores de Satán para irritar más la disputa entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica, recitó aquel soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: En la jaula de mi pecho, el corazón... Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran corbata de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin despegar los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente a aquel corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de luna llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y por el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de nuestro tiempo:
Ayer de tarde, al sol puesto,
contemplabas silenciosa
la corriente caudalosa
que retozaba a tus pies...
¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma y los ojos perdidos en la luna! —¿Por qué no acompaña usted a este interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué? ¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran espiritualista!