Mas un día, la tierra, para José Matías, tembló toda, en un terremoto de incomparable espanto. En enero o febrero de 1871, Miranda, ya debilitado por la diabetes, murió de una pulmonía. Por estas mismas calles, en un pachorriento coche de plaza, acompañé su entierro numeroso, rico, con ministros, porque Miranda pertenecía a las Instituciones. Y después, aprovechando el coche, visité a José Matías en Arroyos, no por curiosidad perversa, ni para llevarle felicitaciones indecentes, sino para que en aquel lance deslumbrador sintiese a su lado la fuerza moderadora de la Filosofía... Hallé con él a un amigo más antiguo y confidencial, aquel brillante Nicolás de la Barca, que ya acompañé también a este cementerio, donde ahora yacen, debajo de lápidas, todos aquellos camaradas con quienes levanté castillos en el aire... Nicolás había llegado de la Vellosa, de su quinta de Santarén, de madrugada, reclamado por un telegrama de Matías. Cuando entré, un criado arreglaba dos maletas enormes. José Matías partía en esa noche para Oporto. Hasta se había puesto ya un traje de viaje, todo negro, con zapatos de cuero amarillo. Después de sacudirme la mano, mientras Nicolás removía un grog, continuó vagando por el cuarto, silencioso, como pasmado, con un modo que no era emoción, ni alegría púdicamente disfrazada, ni sorpresa de su destino bruscamente sublimado. ¡No! Si el buen Darwin no nos engaña en su libro de la Expresión de las Emociones, José Matías, en esa tarde, solo sentía y solo expresaba embarazo. Enfrente, en la casa de la Parreira, todas las ventanas permanecían cerradas bajo la tristeza de la tarde cenicienta. ¡Y todavía sorprendí a José Matías lanzando hacia la terraza, rápidamente, una mirada en que transparentaba inquietud, ansiedad, casi terror! ¿Cómo diré? ¡Aquella parecía la mirada que se dirige a la jaula mal segura en donde se agita una leona! En un momento en que él entró en la alcoba, murmuré a Nicolás, por encima del grog: «Matías hace perfectamente en irse para Oporto...» Nicolás se encogió de hombros: —«Sí, creyó que era más delicado... Yo aproveché. Solo durante los meses de luto riguroso...» A las siete acompañamos a nuestro amigo a la estación de Santa Apolonia. A la vuelta, dentro del coche que una furiosa lluvia azotaba, filosofamos. Yo sonreía, contento: —«Un año de luto; después mucha felicidad y muchos hijos... ¡Y un poema acabado!»... Nicolás acudió, serio: —«Y acabado en una deliciosa y suculenta prosa. La divina Elisa queda con toda su divinidad y la fortuna de Miranda, unos diez o doce mil duros de renta... ¡Por la primera vez en nuestra vida entrambos contemplamos la virtud recompensada!»
¡Mi caro amigo! Pasaron los meses ceremoniales de luto, después otros, y José Matías no se movió de Oporto. En ese agosto le encontré instalado fundamentalmente en el hotel Francfort, donde entretenía la melancolía de los días abrasados, fumando (porque volviera al tabaco), leyendo novelas de Julio Verne y bebiendo cerveza helada hasta que la tarde refrescaba y él se vestía, se perfumaba y se florecía para ir a comer en Foz.
Y a pesar de acercarse el bendito remate del luto y de la desesperada espera, no noté en José Matías ni alborozo elegantemente reprimido, ni revuelta contra la lentitud del tiempo, viejo a las veces tan moroso y tropezón. ¡Por el contrario! A la sonrisa de radiosa certeza, que en esos años le iluminara como un nimbo de beatitud, sucedía la seriedad cargada, toda en sombra y arrugas, de quien se debate en una duda irresoluble, siempre presente, roedora y dolorosa. ¿Quiere que le diga? En aquel verano, en el hotel Francfort, siempre me pareció que José Matías, a cada instante de su vida despierta, bebiendo la fresca cerveza, calzando los guantes al entrar en el coche que le llevaba a Foz, angustiosamente preguntaba a su conciencia: «¿Qué he de hacer? ¿Qué he de hacer?» Una mañana, en el almuerzo, me asombro, exclamando al abrir el periódico, con un asomo de sangre en la cara: «¿Qué? ¿Ya estamos a 29 de agosto? ¡Santo Dios... ya es fin de agosto!...»
Volví a Lisboa, amigo mío. Pasó el invierno, muy seco y muy azul. Trabajé en mis Orígenes del Utilitarismo. Un domingo, en Rocío, cuando ya se vendían claveles en los estancos, avisté dentro de una berlina a la divina Elisa, con plumas rojas en el sombrero; y en esa misma semana encontré en el Diario Ilustrado la noticia corta, casi tímida, del casamiento de la señora doña Elisa Miranda... ¿Con quién, amigo mío? ¡Con el conocido propietario don Francisco Torres Nogueira!...
En oyendo tal, mi amigo cerró el puño, y pegó en el muslo, espantado. ¡También yo cerré los dos puños, mas para levantarlos al cielo, en donde se juzgan los hechos de la tierra, y clamar furiosamente, a gritos, contra la falsedad, la inconstancia ondeante y pérfida, toda la engañadora torpeza de las mujeres, y de aquella especial Elisa, llena de infamia entre las mujeres! ¡Traicionar aprisa, inconsideradamente, apenas concluyó el negro luto, a aquel noble, puro, intelectual Matías!, ¡y su amor de diez años, sumiso y sublime!...
Y después de apuntar con los puños para el cielo, aún los apretaba contra la cabeza, gritando: «Mas ¿por qué, por qué?» ¿Por amor? Durante años ella amara arrobadamente a este hombre, y de un amor que no pudo desilusionarse ni hartarse, porque permanecía suspenso, inmaterial, insatisfecho. ¿Por ambición? Torres Nogueira era un ocioso amable como José Matías, y poseía en viñas hipotecadas los mismos cincuenta o sesenta mil duros que José Matías acababa de heredar ahora del tío Garmilde, en tierras excelentes y libres. Entonces, ¿por qué? ¡Ciertamente porque los gruesos bigotes negros de Torres Nogueira apetecían más a su carne, que el bozo rubio y pensativo de José Matías! ¡Ah, bien enseñara San Juan Crisólogo que la mujer es un montón de impureza, erguido a la puerta del infierno!
Pues, amigo mío, cuando yo rugía de este modo, encuéntrome una tarde en la calle de Alecrín, a Nicolás de la Barca, que salta de la victoria, me empuja para un portal, y agarrándose excitadamente en mi pobre brazo, exclama sofocado:
—«¿Ya sabes? ¡José Matías fue quien se negó! Ella escribiole, estuvo en Oporto a verle, lloró... ¡Él no consintió ni en verla! ¡No quiso casarse, no se quiere casar!» Quedé traspasado. —«Y entonces ella...». —«Despechada, fuertemente cercada por Torres, cansada de la viudez, con aquellos bellos treinta años en botón, ¡qué diablo! pobrecilla, ¡se casó!» Levanté los brazos hasta la bóveda del patio: —«¿Pero y ese sublime amor de José Matías?» Nicolás, su íntimo y confidente, juró con irrecusable seguridad: —«¡Es el mismo siempre! Infinito, absoluto... ¡Mas no quiere casarse!»
Los dos nos miramos, y después nos separamos, encogiéndonos entrambos de hombros, con aquel asombro resignado que conviene a espíritus prudentes en presencia de la Incognoscible. Mas yo, Filósofo, y, por tanto, espíritu imprudente, durante toda esa noche agujereé el acto de José Matías con la punta de una psicología que expresamente aguzara. Y ya de madrugada, cansado, concluí, como se concluye siempre en Filosofía, que me encontraba delante de una Causa Primaria, por consiguiente impenetrable, en donde se quebraría, sin ventaja para él, para mí o para el mundo, la punta de mi Instrumento.
La divina Elisa se casó y continuó habitando la Parreira con su Torres Nogueira, en el conforte y sosiego que ya gozara con su Mattos Miranda. A mitad de verano, José Matías trasladose de Oporto a Arroyos, al caserón del tío Garmilde, en el cual reocupó sus antiguas habitaciones, con los balcones abriendo al jardín, ya florido de dalias, que nadie cuidaba. Vino agosto, como siempre en Lisboa, silencioso y caliente. Los domingos José Matías comía con doña Mafalda de Noronha, en Benfica, solitariamente —porque Torres Nogueira no conocía a aquella venerada señora de la Quinta de los Cedros. La divina Elisa, con vestidos claros, paseaba, a la tarde, en el jardín, entre los rosales; de suerte que la única mudanza, en aquel dulce rincón de Arroyos, parecía ser Mattos Miranda en un bello sepulcro de los Placeres, todo de mármol —y Torres Nogueira en el excelente lecho de Elisa.