Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza —¡la de José Matías!—. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de las cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido, acechando furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con la faz devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por qué sufría así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada por sus brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos, para otros brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare ahora en la complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía devotamente creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese sagrado fondo espiritual en donde no entran las imposiciones de las conveniencias, ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del orgullo, ni las emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a él, y con un amor que no desapareciera, ni se alterara, floreciente en todo su vigor, hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la antigua Rosa Mística! ¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara largas arrugas en cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto, apoderárase de aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre!

Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara, positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes en el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad y la amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de Elisa delante de sus ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando fragancia en la sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él amara sublimemente a una mujer, colocárala entre las estrellas para que fuese más pura su adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros, arrancara a esa mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una cama!

Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él, por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada... Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado, se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?... ¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y haya amor.

¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento? ¡Que la pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece? ¡Infernal, eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto en su esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre Matías una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor... ¡Tal vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos! No sé. Mas luego, desde septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos de Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del borde de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella dulce remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el corazón de José Matías.

No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín, como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo, por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades groseras.

¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva, detrás del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su amigo insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través de los jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira continuaba vendimiando en Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de la Parreira, ya abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente.

Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la idealidad del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua felicidad perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué importaba que otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre mozo sufría angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos tormentos, concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan dulce armonía de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío, qué estrépito de vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió, aturdió, escandalizó a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus extravagancias legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida a treinta o cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias, recogidas por las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría, que después mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente, puesto al frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta, llevó a los altos de Gracia, para saludar la aparición del sol!

¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en este invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del Gago, corría a la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde jugaba frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y el Cognac corriendo en chorros desesperados.

¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas las tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas y bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los antros del vino y del juego.

¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca!