Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca que me telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio enrevesado, de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una noche caliente de abril. El criado, en cuanto me conducía por el corredor mal alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de la India del viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer... ¡Aún me acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me causó el desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos jardines. Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban, la mesa resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y algunas de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en una poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída sobre el pecho, una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía adormecido o muerto.

Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda despeinada: —«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente, con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos de la cabeza húmeda: —«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado, sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: —«¡Un calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso, como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada. ¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban, fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil, reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la molicie de la noche el aroma de todas las flores de los dos jardines... Súbitamente Elisa recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del pobre Torres. Las ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron en la casa de la Parreira.

Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante tormento, vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó, y vino a caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que lo arrastré hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a un borracho. Mas a poco, con espanto mío, el extraordinario hombre abre los ojos, sonríe con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi serenamente: —«Es el calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar café?»

Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en la poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro.

¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa van arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano final! Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira murió. La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de una cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería, nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber clásico, casi deber social, de tísico.

Todo ese año también anduve enfundado en mi Ensayo de los Fenómenos Afectivos. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por la calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número 214, donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa, metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable.

La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder, con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido. El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana Santa, y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El marido, pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde también vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas era la hija de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta, mientras tanto él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le amó, con una pasión tan inquieta, que arrancándole precipitadamente a Obras Públicas, le arrastró a Lisboa, ciudad más propicia que Beja a una felicidad escandalosa, y que se esconde. Juan Secco es de Beja, donde pasó las Navidades; conocía perfectamente al apuntador, a las señoras de la «Corte Moreira», y comprendió la novela, cuando desde las ventanas de ese número 214, donde catalogaba la librería de Azemel, reconoció a Elisa en el balcón de la esquina, y al apuntador, enfilando regaladamente el portal, bien vestido, bien calzado, de guantes claros, con apariencia de ser infinitamente más dichoso en aquellas obras particulares que en las públicas.

Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador. Bello mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones de cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo, y, por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese número 214, interesado en el catálogo de la librería, porque el Morgado de Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias, una colección incomparable de los filósofos del siglo XVIII. Transcurridas semanas, saliendo de consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de noche), y parándome delante de un portal abierto para encender el cigarro, descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra, a José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones secos por bajo de un viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás, parecía disminuido, menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada, y de unos pantalones negros, de grandes bolsillos, donde escondía las manos con el gesto tradicional, tan infinitamente triste, de la miseria ociosa. En la espantada lástima que me dio, apenas balbucí: «Pero, hombre... ¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su mansedumbre pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz que el aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No insistí; seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde luego adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y a los balcones de Elisa.

¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel portal!

Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin portero, siempre abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la calle, de donde nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor. Al lado había una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías descendía la calle de San Benito, colado a los muros, y como una sombra, deslizábase en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían las ventanas de Elisa, en invierno, empañadas por la niebla fina, en verano, aún abiertas, aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas, inmóvil, con las manos en los bolsillos, quedábase José Matías en contemplación. Cada media hora, sutilmente, colábase en la taberna. Vaso de vino, copa de aguardiente, y muy mansito, recogíase a la negrura del portal, a su éxtasis. ¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la larga noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido, batiendo las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las escaleras, permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra de aquella casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro!