Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el descanso desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su escondrijo. ¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado en la pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta rebrillase, lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque Elisa ya descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente sus ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José Matías!...

¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro, estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el Diario de la Noche), ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin otro gesto, en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las rosas y las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora avivaba desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la oscuridad sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo suyo y fiel!

De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con el chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel mozo de elegancia sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde sacaba día por día las tres perras para el vino y para el plato de bacalao en las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo mío! Muy delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica, procurara establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo. Situación picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a sus dos hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero él adivinó de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin revuelta, ni alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con lágrimas en los párpados que el aguardiente inflamara!

Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle de San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz, por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para ser amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que los dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo, en la figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo era ese hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre la turba de los hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad de la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle, donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre, al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba. Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella —fiscalizaba al amante de la mujer que amaba!

¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador era sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de medias de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y quién sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la divinidad de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le concedió la vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al apuntador, en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista de la calle del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías, enflaquecido, andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con gratitud. Tal vez en esa noche, en el portal, tiritando, batiendo las suelas encharcadas, con los ojos enternecidos en las oscuras vidrieras, pensase: —«¡Coitadiña, pobre Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con esas flores!»

Esto duró tres años.

En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de tarde, despavorido: —«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el hospital, con una congestión en los pulmones!»

Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos, todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital. Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica... Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: —«¡No! Tuvo un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con gran espanto, y acabó.»

¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O era el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted no lo sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo en la última tarde del mundo.

Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la caja... A la verdad, es bien singular ver a este Alves Capao, siguiendo tan sentidamente a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios, mire! Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto convencido, de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador de Obras públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa mandó a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a su amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad, adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde!