—¿Sabe usted el idioma chino?—me preguntó de repente, clavando en mí sus pupilas sagaces.
—Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té».
El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz que le cruzaba la calva:
—«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en este país. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de su hermosa patria....
—Cuando nosotros teníamos navegantes...—murmuré suspirando. Mi interlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó:
—...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su verbo, de su lindo verbo....
—Cuando teníamos verbos...—interrumpí yo, por esa costumbre instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.
El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto y prosiguió paciente y grave:
—De su lindo verbo mandar....» Le queda, por lo tanto, una palabra, «té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más lo creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi querido huésped pretende casarse con una señora de la familia de Ti-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín y substituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto.... Para todo eso dispone de la palabra «té». Es poco.
No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de pico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarse ante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de la familia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y sería imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol, concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín.