—¿Por qué me los negaría?—exclamé.—Yo pertenezco a una distinguida familia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en China como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del Estado.... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo administrativo....
El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis atributos.
—No es—dijo al fin—que el emperador realmente lo rechaze; es que el individuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La ley china, en este punto, es explícita y severa.
Bajé la cabeza abrumado.
—Mas, general—murmuró,—yo quiero librarme de la presencia odiosa del viejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo.... Si yo entregase la mitad de mis millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como Mandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú se calmase.
El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.
—Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían al Tesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clases directoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionar porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no alimentarían una sola piedra de los caminos públicos.... Irían a enriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien el Imperio, y eso no le satisfaría.
—¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer particularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz al populacho hambriento? Es una idea.
—Funesta—dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.—La corte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganar el favor de la plebe, un peligro para la dinastía.... Mi buen amigo sería decapitado.... Es grave....
—¡Maldición!—grité.—¿Entonces para qué he venido a la China?