Era la época en que las palomas emigran de Pekín hacia el Sur. Yo las veía reunirse en bandadas por encima de mí, partiendo de los bosques, de los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para librarse de los milanos, una cañita de bambú que el aire hacía silbar, y aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave, dejando en silencio un lento y melancólico suspiro, una ondulación célica, que se perdía en los aires pálidos. Volví a casa, lento y pensativo.


En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me preguntó mis impresiones sobre Pekín.

—Pekín me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta portugués:

«Sóbalos ríos que vào
por Babylonia me achei....»

—¡Pekín es un monstruo!—dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva reluciente.—Y ahora considere que en esta capital, a la clase tártara y conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres, una raza audaz, laboriosa, sufrida, política, invasora. Estudian nuestras ciencias... ¿Una copita de Medoc, Teodoro?... ¡Tienen una marina formidable! El ejército que en otro tiempo creía destrozar al extranjero con dragones de papel de donde salían culebras de fuego, ¡sigue ahora la táctica prusiana y va armado con fusil de aguja! ¡Grave, muy grave!

—Y todavía, mi general, en mi país, cuando a propósito de Macao, se habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las greñas y dicen negligentemente: «Mandamos allá cincuenta hombres y barremos la China».

Después de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo formidablemente, murmuró luego, con condescendencia:

—¡Portugal es un bello país!

Yo exclamé con sequedad y firmeza: