Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía, con estos recados sutiles, algún substancioso presente de confites o goma de bambú en caldo de azúcar.


Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia Ti-Chin-Fú, yo iba tejiendo horas de seda y oro (así dice un poeta japonés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un kiosco en el jardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposo discreto»; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una fuentecilla rústica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban un enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a través de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro, un diván de seda blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como un lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de la época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática, lirios escarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de Nankín y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de sándalo, veíase abierto un abanico formado de varillas de cristal, que la brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna.

Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga en el aire una calma otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los oficiales de la legación estaban siempre en la cancillería, despachando el correo de San Petersburgo.

Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta de las babuchas de satín las calles enarenadas del jardín, iba a entreabrir la puerta del «Reposo discreto»:

—¿Mimí?

Y la voz de la generala respondía, suave como un beso:

—«All right....»

¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados albeaban flores raras, y sus cejas parecían más puras y negras avivadas con tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada, la túnica de filigrana de oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofas calzas de fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propia de serrallo, descendían sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en sus chinelitas.

Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada por una vieja tía que admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellos empolvados, y parecía una basta litografía cosaca de una dama galante de Versalles....