El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervir delicadamente las hojas del té, me rogaba que la contase historias picantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas, hijo.

Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja muerta, y hacía viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus bellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados, pecho contra pecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonar eólicamente, las palomas azules arrullarse en los plátanos, y el fugitivo ritmo del arroyo murmurador....

Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negro por cima del diván, donde en caracteres chinos, se desarrollaban sentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los deberes de la esposa». Mas ninguno de nosotros entendía el chino.... Y en el silencio, nuestros besos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables (en la lengua florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una, sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves siestas de los jardines de Pekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los lirios escarlata del Japón?


Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumaba amigablemente una pipa en compañía de Mariskoff y tirando su enorme sable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría, las noticias que le había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que un opulento mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de los confines de la Mongolia, en la villa de Tien-Hó. Había muerto súbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una choza vil.

Este descubrimiento, ciertamente, no fué debido a la burocracia imperial; lo hizo un astrólogo del templo de Faguas, que durante veinte noches hojeó en el cielo el luminoso archivo de los astros.

—¡Teodoro, ese mandarín es su hombre!—exclamó Camilloff.

Y Mariskoff repitió, sacudiendo la ceniza de la pipa:

—¡Ese es su hombre, Teodoro!

—¡Mi hombre!—murmuré sombríamente.