Fuí luego a la celda del excelente padre Julio; leía su breviario cerca de la ventana, saboreando confites de azúcar, con el gato del convento sobre el hombro.
—Reverendísimo padre, me vuelvo a Europa. ¿Alguno de vuestros compañeros va acaso en misión hacia Shang-Hai?
El venerable superior se caló los lentes, y hojeando un ámplio registro en letra china, murmuró así:
—Quinto día de la décima luna. Sí, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a hacer una novena. Duodécima luna, el padre Sánchez para Tien-Tsin también, a explicar el catecismo a los huérfanos. Sí, tendrá compañía hasta Leste.
—¿Mañana?
—Mañana. Es dolorosa la separación en estos confines del mundo, cuando las almas se comprenden bien en Jesús. El padre Gutiérrez le arreglará una buena fiambrera. Nosotros ya le amábamos como a un hermano, mi querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas están en feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazón humano es el corazón de Dios, y el suyo está en este asilo seguro. Coma otro confite. ¿Qué es eso, hijo mío, qué es eso?
Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una página del Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del «Banco de Inglaterra», y balbuceé:
—Un recuerdo para sus pobres....
—Excelente, excelente.... Nuestro buen padre Gutiérrez le preparará una fiambrera superior.... «Amén», hijo mío. «In Deo omnia spes....»