Al día siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompañado del padre Anacleto y el padre Sánchez, descendí del convento al repique de las campanas. Y allá vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin.

Ya las tierras a lo largo del Pei-Hó estaban todas blancas de nieve; en las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos padres y yo íbamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corría de mano en mano el frasco de ginebra.

En Tien-Tsin, me separé de aquellos santos camaradas.

Y después de dos semanas, en un día de sol, me paseaba fumando un cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre la cubierta del «Java»; que iba a levar anclas con rumbo a Europa.

Fué un momento conmovedor para mí, aquel en que a las primeras vueltas de la hélice, vi alejarme de la tierra de China.

Desde que desperté, durante aquella mañana, una inquietud sorda comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que había ido a aquel vasto imperio a calmar por la expiación una protesta temerosa de la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, partía, sin haber hecho más que deshonrar los bigotes blancos de un general heróico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los confines de la Mongolia.

—¡Extraño destino el mío!

Hasta el anochecer estuve recostado sombríamente en la borda del buque, viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la concavidad negra, y la hélice en la sombra iba trabajando rítmicamente. Me paseé errante por la cubierta, mirando aquí y allí la brújula iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los marineros de barba rubia inmóviles en sus puestos, y las figuras de los pilotos sobre el puntal, altas y sombrías en la noche. En el camarote del capitán, un inglés, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas que bebían cognac, tocaba melancólicamente en la flauta el aria de «Bonnie Dundée».

Eran las once cuando bajé a mi cámara. Las luces ya estaban apagadas; mas la luna, que se erguía al nivel del agua, redonda y blanca, hería los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio oculta y pálida, ví rígida sobre la hamaca la figura panzuda del Mandarín, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos.

¡Era él otra vez!