—¿Qué quiere usted más? ¡Aguantarse! ¡Valiente perdulario!

Y a pesar de esta expiación, el viejo Ti-Chin-Fú, estaba siempre a mi lado porque sus millones que yacían ahora intactos en los Bancos, eran, desgraciadamente, míos.

Entonces, indignado, volví a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbró el Loreto, y por el portón abierto viéronse, como en otro tiempo, negrear con sus calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos.

Luego, Lisboa, sin excepción, se arrojó a mis pies. La viuda de Marques me llamó llorando: «hijo de mi corazón.»

Los periódicos me otorgaron los calificativos que, según la tradición, pertenecen a los dioses. ¡Fuí el omnipotente, el omnisciente! La aristocracia me besó los pies como a un tirano y el clero me incensó como a un viejo ídolo. Y mi desprecio por la humanidad fué tan grande, que se extendió hasta el mismo Dios que la creó.

Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas enteras tendido en un sofá, mudo y terrible, pensando en la felicidad del «no ser....»

Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de mí al personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesía de la Concepción, me hiciera a un «tilín-tín» de campanilla, heredar tantos despreciables millones. Corrí hacia él; le agarré por la solapa des su levita burguesa, gritándole:

—¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al Mandarín! ¡Devuélveme la paz de la miseria!

El, pasó gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondió con bondad:

—¡No puede ser, mi apreciable señor, no puede ser!