Yo me arrojé a sus pies haciéndole una súplica abyecta, mas sólo ví delante de mí, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma escuálida de un perro hambriento hociqueando en el lodo.

Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece un inmenso montón de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado que vaga por entre columnas caídas, gime continuamente.

Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me parece una antorcha fúnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera la legión amortajada de mis alegrías muertas.

Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En él lego mis millones al Diablo, le pertenecen; él que los reclame y los reparta.

Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario: «¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matéis al Mandarín!»

Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.

FIN


[Páginas Selectas de Eça de Queiroz]