De suerte, mi querida amiga, que se tornó sin saberlo mi educadora. Y tan subordinado quedé a esa dirección, que no puedo concebir los movimientos de mi sér sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos. Sé perfectamente que todo lo que en mí surge de algún valor, idea o sentimiento, es obra de esa educación que su alma da a la mía desde lejos, sólo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su influencia—más bien, como un asceta, debía decir su Gracia—todo mi sér rodaría sin remisión a una inferioridad. Vea, pués, cómo se convirtió usted en necesaria y preciosa para mí. Y considere que para ejercer esa supremacía salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mías; bastó con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. Así un arbusto florece en el borde de un foso porque allá arriba, en los remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma.... Por eso mi amor alcanza ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese conciencia, sentiría por la Luz.
Y considere también que considerando de usted como de la luz, nada le ruego, ningún bien imploro de quien tanto puede y es para mí dueña de tanto bien. Sólo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que, emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fácil y dulcemente realiza mi perfeccionamiento. Sólo pido ese caritativo permiso. Vea, pues, cuán distante me mantengo en la abatida humildad de una adoración, que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de la imagen divina....
Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un día de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que realizaría un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la Virgen María, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos, descendiendo en una nube y otorgándoles una sonrisa fugitiva, o dejando caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraíso. Así, mañana voy a pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro allí la santidad de una celda o de una ermita; pero sí casi su aislamiento; y si mi querida amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no diré una rosa, sino una sonrisa, quedaría entonces seguro de que este amor mío o este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va más allá del amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar.
Fradique.
[A MADAME DE JOUARRE]
(Trad.)
Lisboa, junio.
Mi excelente madrina:
Hé aquí lo que ha «visto y hecho» desde mayo en la hermosísima Lisboa. «Ulyssipo pulcherrima», su admirable ahijado. Descubrí un compatriota mío de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres años construyendo un sistema de Filosofía en el piso tercero de una casa de huéspedes de la travesía de la Palha. Espíritu libre, emprendedor y diestro, paladín de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona, y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un espiritualista, consagró su vida a la Lógica y sólo se interesa por la Verdad. Es un filósofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana a su oficina de Metafísica para saber si, conducido por la dulce alma de Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevió al fin oculta tras los últimos velos la Causa de las Causas. En estas piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huéspedes, que en ese tercer piso de la travesía de la Palha gozan de una buena vida de ciudad a doce tostones por día, fuera del vino y de la ropa limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en Portugal están aquí representadas con fidelidad, y así puedo yo estudiar sin esfuerzo, como en un índice, las ideas y los sentimientos que en nuestro año de gracia forman el fondo moral de la nación.