Esta casa de huéspedes tiene encantos. La habitación de mi primo Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosófica y virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pájaros por las paredes, y allí se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas como sólo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina, barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los calzoncillos, que los portugueses están continuamente perdiendo, almidona las enaguas de la señora, reza el rosario de su aldea, y aún le queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que está resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y abundantes, huevos y «bifftec». El vino lo envía el cosechero, un vinillo ligero y temprano, hecho según los venerables preceptos de las «geórgicas», y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, «quo te carmine dicam, Rethica?» Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneración por los portugueses) una estampa de Pío IX sonriendo y bendiciendo, una vista del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una tórtola, inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe, de Paz campestre y de inocencia.
La patrona, doña Paulina Soriana, es una señora de cuarenta otoños, frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella más blanca que la blanca chambra que usa, además de una falda de seda color violeta. Parece una excelente señora, paciente y maternal, de buen juicio y de buena economía. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo, gordo también, que se roe las uñas y estudia en el Instituto. Se llama Joaquín, y por ternura Quinito; sufrió en esta primavera no sé qué grave enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baños de asiento, y está destinado por doña Paulina a la burocracia, que considera, con mucha justicia, la carrera más segura y más fácil.
—Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace días la apreciable señora, después del almuerzo y cruzando la pierna—es tener padrinos y lograr un empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes.
Doña Paulina está tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el señor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras públicas o en el de Justicia una silla de amanuense guardada, señalada, en espera de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los últimos exámenes, el señor consejero Vaz Netto resolvió que en vista de que se mostraba tan desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino....
—Sin embargo—añadió la buena señora cuando me honró con estas confidencias,—me agradaría que Quinito terminase los estudios. No es por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino por gusto.
Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo demás, supongo que doña Paulina le reúne un prudente peculio. En la casa, bien acreditada, hay ahora siete huéspedes, todos de confianza, estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta mil reis al mes. El más antiguo, el más respetado (y aquel que precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileño, el comendador Pinho. El es quien todas las mañanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del comedor está descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla especial de mimbres con un almohadón de viento. Nadie sabe de este Pinho ni la edad, ni la tierra o familia en que nació, ni su ocupación en el Brasil, ni el origen de su encomienda. Llegó una tarde de invierno en un paquebot de la «Mala Real», pasó cinco días en el Lazareto, desembarcó con dos baúles, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tomó su cuarto en esta casa de huéspedes, con ventana a la travesía, y aquí engorda risueña y plácidamente con el seis por ciento de sus inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel morena, con tonos de café y de ladrillo, siempre vestido de paño fino negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que él, en la calle y en cada esquina, desenreda del cordón de oro del reloj para leer con interés y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear el orden en los Estados. Después del almuerzo, se calza sus botas de caña, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho, donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos apoyadas en el puño del quitasol. Después se coloca el quitasol debajo del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra, deteniéndose a contemplar a la señora de sedas más rizadas o la victoria de arreos más lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquería de Sousa, en el Rocío, donde bebe una copa de agua de Canecas, y descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida, gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da la vuelta al Rocío, bajo los árboles, con la cara alta y dilatada de bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodón, y come, «repitiendo» siempre de la sopa. Después del café da un «higiénico» paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueñas, en los escaparates de las confiterías, y ciertos días sube al Chiado, dobla la esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que es el «London Brasilian». Los domingos, al anochecer, con recato, visita a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada semestre recibe los intereses de sus inscripciones.
Así, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos únicas entidades: él mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento; por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho, gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado siga pagando fielmente el cupón. Por lo demás, le basta con poco para contentar la porción de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone. La necesidad que todo sér vivo (aún las ostras, según afirman los naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonríe y dice desdoblando la servilleta: «tenemos el verano encima»; todos concuerdan con él y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos por la barba y murmura: «tenemos encima el invierno»; si otro huésped disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho y dispuesto a dar gracias a Dios. El «Diario de Pernambuco», el «Diario de Noticias», alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginación que Humboldt encontró aún entre los «botecudos». En las funciones del sentimiento, Pinho sólo pretende (como reveló un día a mi primo) «no coger una enfermedad». Con la cosa pública está siempre contento, gobierne éste o gobierne aquél, con tal que la policía mantenga el orden y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles, nocivas al pago del cupón. En cuanto al destino ulterior de su alma, Pinho (como me aseguró a mí miso) «sólo desea, después de muerto, que no le entierren vivo». Aun acerca de punto tan importante, como es para un comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lápida lisa y decente con su nombre y un sencillo «Rogad por él».
Erraríamos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno a todo cuanto sea humano. ¡No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a la humanidad; sólo que para él la humanidad en el transcurso de su vida se restringió mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho sólo lo son los prestamistas del Estado. Así, mi primo Procopio, con una malicia harto inesperada en un espiritualista, contóle hace tiempo en secreto, guiñando los ojos ¡que yo poseía muchos papeles! ¡muchas pólizas! ¡muchas inscripciones!... Pues en la primera mañana que volví a la casa de huéspedes después de esta revelación, Pinho, ligeramente colorado, casi conmovido, me ofreció una cajita de dulce envuelta en una servilleta, ¡acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un egoísta, un Diógenes de levita negra, secamente retraído dentro del tonel de su inutilidad. No. Hay en él toda la humana voluntad de amar a sus semejantes y de servirlos. Pero, ¿quiénes son para Pinho sus genuínos «semejantes»? Los prestamistas del Estado. ¿Y en qué consiste para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a él le es útil. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo, capitalista como él, no dudó, no se retrajo más de su deber humano, y practicó en seguida el acto de beneficio, y hélo aquí ruborizado y feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta.
¿Es el comendador Pinho un ciudadano inútil? ¡No, ciertamente! Hasta para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nación, no hay más provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hábitos, su fácil asentimiento a todos los hechos de la vida pública, su cuenta de todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higiénico recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o acto, afirmación o negación que desarreglen la paz del Estado. Así, gordo, pacífico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su movimiento, pero tampoco contrariándolo, Pinho ofrece todos los caracteres de una excrecencia sebácea. Socialmente, Pinho es un lobanillo. Y nada más inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros tiempos, en que el Estado está lleno de elementos morbosos y de parásitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta «inofensibilidad» de Pinho hasta puede (en relación a los intereses del orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado, según se dice, le va a conceder el título de barón. Y barón es un título que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con él se rinde simultáneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la Religión.
El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco José Pinho. Y nuestro amigo va a ser hecho barón de San Francisco.