¡Adiós, querida madrina! ¡Vamos con el décimo octavo día de lluvia! Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este país del sol sobre azul, en la tierra trigueña del olivo y del laurel, queridos de Febo, está lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos, imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una mariposa presa en las telas de la araña. Estamos en pleno versículo XVII, capítulo VII del «Génesis».

En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las intenciones de Jehová para con este país son diluvianas, y no juzgándome menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fué Noé, voy a comprar madera y brea y a hacer un arca según los nuevos modelos hebraicos y asirios. Y si por acaso de aquí a algún tiempo una paloma blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aporté al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a doña Paulina, para que, más tarde, cuando hayan bajado las aguas, Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el dinero que pidió a Pinho. Suyo ahijado del corazón,

Fradique.