—¿Quién acaba de salir ahora, doña Augusta?—pregunté sudoroso.

—Cabritilla que va a la oficina....

Volví a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idéntico, real. El infolio estaba aún abierto por la página temerosa. Volví a leerla, y ahora me pareció la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra se había vuelto como un carbón apagado.

Me acosté y soñé que estaba lejos, más allá de Pekín, en las fronteras de Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo máximas prudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de té, de los labios de un Buda vivo.


[II]

Transcurrió un mes.

Yo, en tanto, continué, rutinario y triste poniendo diariamente mi hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos, la pericia con que la espléndida doña Augusta limpiaba la caspa al teniente Conceiro. Era cosa evidente para mí que aquella noche, dormido, leyendo sobre el infolio, había soñado con una «Tentación de la Montaña» bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando de la China. Leía los telegramas de los periódicos buscando siempre los que se referían a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en la región de las razas amarillas.... La «Agencia Havas» sólo telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras curiosidades bárbaras.

Poco a poco fuí olvidando mi episodio fantasmagórico; y al mismo tiempo, como gradualmente mi espíritu se serenaba, volvían a él las antiguas ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el seno amoroso de Lola, bisteks más tiernos que los de doña Augusta. Mas tales regalos me parecían tan inaccesibles, tan fuera de la realidad, como los propios millones del Mandarín. Y por el monótono desierto de la vida, allá fué marchando la lenta caravana de mis melancolías.