Un domingo de Agosto, de mañana, dormitaba en la cama, en mangas de camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se abrió suavemente y entreabriendo los párpados adormilados, ví inclinarse a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmuró:
—¿El señor Teodoro? ¿El señor Teodoro, del Ministerio de la Gobernación?
Me levanté lentamente sobre mi cama, y, respondí bostezando:
—¡Soy yo, caballero!
El individuo inclinó el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se arquean los cortesanos. Era pequeño y gordo: venerables lentes de oro relucían en su faz bonachona, que parecía la personificación del Orden.
Todo tembloroso, balbuceó azorado:
—¡Traigo noticias para su señoría! Noticias de considerable importancia. Mi nombre es Silvestre.... Silvestre Juliano y C.a.... Un criado servicial de vuestra excelencia.... Llegaron en el correo de Southampton.... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C.a de Hong-Kong.
El hombre calvo sofocóse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosiguió:
—Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo estábamos.... El azoramiento es natural.... Lo que esperamos es que nos conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de virtud, espejo de bondad. Aquí están los primeros cheques sobre Bhering and Brothers de Londres.... Letras a treinta días sobre Rothschild.
A este nombre, resonante como el mismo oro, salté velozmente del lecho.