Éste había sido precisamente el tema de mis reflexiones. Chantilly era un antiguo remendón de la rue Saint-Denis que, loco por la escena, lanzóse a representar el rôle de Jerjes en la tragedia de Crébillon del mismo nombre, y había sido puesto en la picota del pasquín por su atentado.

—Decidme, por Dios,—exclamé,—el método, si alguno puede haber, por medio del cual habéis podido sondear mi alma en esta circunstancia.—

A la verdad, estaba yo más impresionado de lo que quería expresar.

—El frutero fué,—replicó mi amigo,—quien os trajo a la conclusión de que el zapatero remendón no era de altura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero? ¡Me asombráis! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con vos cuando entrábamos a esta calle, hará tal vez quince minutos.—

Recordé entonces que, en efecto, un frutero que llevaba en la cabeza un cesto de manzanas casi me arroja a tierra por casualidad cuando pasamos de la rue C—— a la gran avenida en que entonces nos hallábamos; pero no podía imaginar lo que esto tenía que ver con Chantilly.

No había un átomo de charlatanería en Dupín.

—Os lo explicaré,—dijo,—y entonces comprenderéis todo con claridad. Trazaremos el curso de vuestras meditaciones desde el momento en que hablé hasta el encuentro con el frutero en cuestión. Los eslabones de la cadena corren así: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, estereotomía, las piedras de la calle, el frutero.—

Hay pocas personas que no se hayan entretenido alguna vez en seguir los temas a través de los cuales su mente ha llegado a originales conclusiones. Esta ocupación resulta a menudo muy interesante; y aquél que por primera vez la ensaya se sorprende por la distancia, aparentemente ilimitada e incoherente, entre el punto de partida y la meta. ¡Cuál sería pues mi sorpresa al oír hablar al francés de esta manera y no poder menos de reconocer que decía la verdad! Él continuó: