—Hablábamos de caballos, si mal no recuerdo, en el momento de abandonar la rue C——. Éste fué el último tema de discusión. Al cruzar la calle, un frutero, con un gran cesto de manzanas en la cabeza, pasó rápidamente rozándonos y echando a rodar un montón de piedras de pavimentación reunidas en un sitio donde estaban reparando la calzada. Os detuvisteis sobre uno de los fragmentos, resbalasteis y os heristeis ligeramente el tobillo; aparecisteis después algo vejado, murmurasteis algunas palabras, volvisteis a mirar a la pila de piedras y luego quedasteis silencioso. Yo no puse atención particular en lo que hacíais; pero la observación vino después como una especie de necesidad.

Permanecisteis con los ojos fijos en tierra, mirando con expresión petulante los huecos y grietas del pavimento, de manera que pude deducir que pensabais en piedras hasta que llegamos a la pequeña callejuela llamada Lamartine, pavimentada por vía de ensayo con zoquetes sobrepuestos y remachados. Allí vuestro aspecto se animó, y, al advertir el movimiento de vuestros labios, no pude dudar de que pronunciabais la palabra "estereotomía," término aplicado con mucha afectación a esta clase de pavimento. Sabía yo que no podríais pensar en estereotomía sin recordar la atomía y, de consiguiente, la doctrina de Epicuro; y entonces, rememorando que no ha mucho discutíamos sobre este tema, y mencionaba yo la manera tan extraordinaria como poco notada en que van confirmándose las vagas conjeturas de este noble griego acerca de la reciente cosmogonía de las nebulosas, comprendí que no podríais evitaros de lanzar una mirada a la gran nebulosa de Orión, y ciertamente esperaba que así lo haríais. Mirasteis al cielo; y entonces estuve seguro de que había seguido correctamente vuestros pensamientos. Pero en la acerba diatriba que apareció en el Musée de ayer contra Chantilly, hacía el crítico algunas alusiones bochornosas sobre el cambio de nombre del zapatero remendón al calzarse el coturno, y citaba una línea latina que hemos comentado juntos a menudo y que dice:

Predidit antiquum litera prima sonum.

Os había dicho alguna vez que se refería a Orión, que antiguamente se escribía Urión; y por cierta mordacidad relacionada con esta explicación, estaba seguro de que no la habríais olvidado. Era claro, por consiguiente, que habíais de combinar las dos ideas de Orión y de Chantilly. Pude observar que las combinabais por la clase de sonrisa que apareció en vuestros labios. Pensabais en la inmolación del pobre remendón. Hasta aquel momento habíais conservado vuestra habitual manera de andar; pero os vi entonces erguiros en toda vuestra altura, y no pude menos que experimentar la certidumbre de que recordabais la diminuta figura de Chantilly. En este momento interrumpí vuestras meditaciones para observar que, en efecto, es un mozo muy pequeño Chantilly y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés.—

Poco tiempo después de esta conversación, leíamos juntos cierta edición de la Gazette des Tribunaux, cuando atrajo nuestra atención el artículo siguiente:

CRIMEN EXTRAORDINARIO

Esta madrugada, a las tres más o menos, los habitantes del Quartier Saint-Roch despertaron de su sueño por una serie de alaridos terroríficos que partían, al parecer, de una casa de la rue Morgue que se sabía ocupada únicamente por Madame L'Espanaye y su hija, Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún retardo ocasionado por tentativas infructuosas para penetrar en la casa por los medios ordinarios, se logró forzar la puerta de entrada con una palanca de hierro, y ocho o diez de los vecinos entraron acompañados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos habían cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras del primer piso, pudieron escucharse dos o más voces ásperas en iracunda disputa, las cuales parecían provenir de la parte más elevada de la casa. Cuando el grupo llegó al segundo descanso de la escalera, había cesado el ruido y todo estaba perfectamente tranquilo. La partida se diseminó distribuyéndose por las diversas habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en el fondo del cuarto piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, también hubo de forzarse, presentóse un espectáculo que sobrecogió de espanto y estupor a todos los circunstantes.

El departamento aparecía en el más espantoso desorden, con los muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones. Había un solo lecho, del cual se habían arrancado los colchones y los cobertores, que yacían arrojados en medio de la habitación. Sobre una silla veíase una navaja manchada de sangre. En el hogar había dos o tres gruesos mechones grises de cabello humano, manchados asimismo de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas de métal d'Alger, y dos saquillos de cuero que contenían cerca de cuatro mil francos en oro. Los cajones de un bureau, que había en una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente habían sido saqueados, aunque quedaban todavía en ellos muchos objetos. Se descubrió una pequeña caja de hierro bajo los cobertores en medio del aposento. Estaba abierta y tenía la llave en la cerradura. No encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca importancia.

No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye; mas, observándose gran cantidad de hollín en el hogar, hízose una pesquisa en la chimenea y ¡horror! encontróse allí el cuerpo de la hija que había sido lanzada cabeza abajo, haciéndose penetrar a viva fuerza por la estrecha abertura hasta una distancia considerable. El cadáver estaba caliente todavía. Examinándolo, se encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por la violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él. Veíanse en el rostro profundos arañazos y en la garganta obscuras marcas y hondas huellas de uñas, como si la joven hubiera sido estrangulada.

Después de minuciosa investigación de todos y cada uno de los departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se encaminó a un pequeño patio embaldosado, a la espalda del edificio, donde se encontró el cadáver de la anciana señora con la garganta cortada en forma tan terrible que, al tratar de levantarla, cayó la cabeza completamente separada del tronco. El cuerpo y la cabeza aparecían horriblemente mutilados, al punto que el primero apenas si conservaba figura humana.