—Basta,—declaró Fortunato;—esta tos no vale nada; no me matará. No moriré, por cierto, de un resfriado.

—Es verdad, es verdad,—repliqué;—ciertamente que no era mi intención alarmaros sin motivo; pero debéis tomar todas las precauciones necesarias. Un trago de este Médoc nos preservará de la humedad.—

Diciendo estas palabras rompí el cuello de una botella que cogí de una larga hilera de sus compañeras que yacían entre el polvo.

—Bebed,—dije, presentándole el vino.

Levantólo hasta sus labios mirándolo amorosamente. Detúvose luego y me hizo un signo familiar con la cabeza mientras sus cascabeles repiqueteaban.

—Brindo,—dijo,—por los muertos que reposan a nuestro rededor.

—¡Y yo, por vuestra larga vida!—

Tomó mi brazo de nuevo, y proseguimos.

—Estas catacumbas son extensas,—opinó.

—Los Montresor,—repuse,—eran una antigua y numerosa familia.