—No esperaba, señora—dijo sin contestar a la pregunta—, encontrarla tan bien. La última carta que el señor duque recibió de Corfú...

—Sí, efectivamente, señora; había llegado ya al último extremo, pero no me han querido en el cielo. Pero siéntese a mi lado. A la hora presente mi padre y mi madre ya estarán tranquilos. ¡Oh, estoy completamente restablecida! Debe conocerse, ¿no es verdad? Míreme usted bien.

—Sí, señora. Por lo que en París nos dijeron, ha sido un milagro.

—Un milagro del cariño y del amor, señora. ¡La condesa, mi madre, es tan buena! ¡Mi marido me quiere tanto!

—¡Ah!... ¡Qué niño tan lindo ése que juega allí bajó! ¿Es de usted, señora?

Germana se levantó del banco, miró a la viuda y retrocedió atemorizada, como si hubiese pisado una serpiente.

—¡Señora!—dijo a la desconocida—, usted es la señora Chermidy.

Esta se levantó a su vez y avanzó hacia Germana como para pasar sobre su cuerpo y contestó:

—Sí, soy la madre del marqués y la esposa, ante Dios, de don Diego. ¿En qué me ha reconocido?

—Por el tono con que ha hablado del niño.