Fue dicho esto tan dulcemente, que la señora Chermidy se sintió sobrecogida por un sentimiento extraño. La cólera, la sorpresa y todas las emociones que la ahogaban, se resolvieron en un hondo sollozo, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Germana ignoraba que se llorase de rabia. Compadeció a su enemiga y exclamó ingenuamente:
—¡Pobre mujer!
Las dos lágrimas se secaron instantáneamente, como las gotas de lluvia que caen en un cráter.
—¡Pobre mujer, yo!—replicó con dureza la señora Chermidy—. ¡Bueno, sí, soy digna de compasión porque he sido engañada, porque han abusado de mi buena fe, porque el cielo y la tierra unidos han conspirado para traicionarme, porque me han robado un nombre, una fortuna, al hombre que yo amaba y al hijo al que di vida entre dolores y sollozos!
Germana quedó sobrecogida de espanto ante aquella explosión de ira, y sus ojos se volvieron hacia la casa como en demanda de auxilio.
—Señora—dijo temblorosa—, si para eso ha venido usted a mi casa...
—¡A su casa! ¿No llama usted a sus criados para hacerme arrojar de su casa? ¡Realmente, es curioso que sea yo quien esté en su casa de usted! ¡Pero si usted no tiene nada que no proceda de mí! ¡Su marido, su hijo, su fortuna y hasta el mismo aire que respira, todo procede de mí, todo me pertenece, todo lo tiene usted en depósito porque yo se lo he confiado; me lo debe usted todo y nunca me reembolsará! Usted vegetaba en París sobre un mal camastro; los médicos la habían desahuciado, no le quedaban ni tres meses de vida, ¡así me lo habían prometido! ¡Su padre y su madre de usted se morían de hambre! Sin mí, la familia de La Tour de Embleuse no sería más que un montón de polvo en la fosa común. ¡Yo se lo he dado a usted todo, padre, madre, marido, hijo y la vida, y se atreve usted a decirme en mi cara que estoy en su casa! ¡Es preciso ser bien ingrata!
Era difícil contestar a esta elocuencia salvaje. Germana cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:
—Señora, en vano sondeo mi conciencia; no me puedo encontrar culpable de nada como no sea de haber curado. Jamás he contraído ningún compromiso con usted, por la sencilla razón de que ésta es la primera vez que la veo. Cierto es que sin usted hace tiempo que me hubiese muerto; pero si usted me ha salvado ha sido sin querer, y la prueba mejor es que acaba de reprocharme el aire que respiro. ¿Ha sido usted la que me dio por esposa al conde de Villanera? Es posible. Pero me eligió usted porque me creía condenada a muerte sin remedio. Por eso no le debo ninguna gratitud. Ahora, ¿qué puedo hacer para serle útil? Estoy dispuesta a todo, menos a morir.
—Yo no le pido nada; no quiero nada; no espero nada.