—¿Entonces qué ha venido a hacer usted aquí?... ¡Dios mío! ¡Me creía usted enferma y esperaba encontrarme muerta!
—Estaba en mi derecho. Pero he debido tomar informes respecto a su familia: ¡los La Tour de Embleuse no han pagado nunca sus deudas!
Al oír esta grosería, Germana perdió la paciencia y replicó:
—Señora, ya está usted viendo que me encuentro bien. Puesto que únicamente había venido para enterrarme, su misión ha terminado, y nada tiene ya que hacer aquí.
La señora Chermidy se instaló resueltamente en el banco de piedra diciendo:
—No me iré sin haber visto a don Diego.
—¡Don Diego!—exclamó la convaleciente—. ¡No lo verá usted! No quiero que él la vea. Escúcheme atentamente, señora. Estoy aún muy débil, pero encontraré las fuerzas de las leonas para defender mi felicidad. No es que yo dude de él: es bueno, me quiere como a una hermana y no tardará en quererme como a esposa. Pero no quiero que su corazón se desgarre entre lo pasado y lo porvenir. Sería odioso obligarle a elegir entre nosotras. Además, usted debe de haber comprendido que ya ha hecho su elección, puesto que no le ha escrito más.
—¡Criatura! ¡No has podido conocer lo que es el amor en medio de las tisanas! ¡No sabes el imperio que tomamos sobre el hombre a fuerza de hacerlo dichoso! No has visto los hilos de oro, más finos y más tupidos que los de la tela de araña, que tejemos alrededor de su corazón! No he venido sin armas a declararte la guerra. Traigo conmigo el recuerdo de tres años de pasión satisfecha y nunca saciada. Eres libre de oponer a todo eso tus besos fraternales y tus caricias de colegiala. ¿Quizás crees que has apagado el fuego que yo encendí? ¡Espera que yo sople en él, y verás qué incendio!
—Usted no le hablará. Si él fuera bastante débil para acceder a esa fatal entrevista, su madre y yo sabríamos impedirlo.
—¡Bastante me preocupo yo de su madre! Tengo derechos sobre él yo también, y los haré valer.