Hablaba con tal calor que su discurso llamó la atención del marqués. Se hallaba a diez pasos de distancia, gravemente ocupado en plantar ramas en la arena para hacer un jardincito. Abandonó su tarea y fue a colocarse delante de la señora Chermidy, con un bracito en jarras. Al verle aproximar, Germana dijo a la viuda:

—Preciso es, señora, que la pasión la extravíe, pues hace una hora que está reclamando al niño, y todavía no se le ha ocurrido besarlo.

El marqués presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su terrible madre, en esa media lengua propia de los niños de su edad:

—Señora, ¿qué le dices a mamá?

—Marqués—respondió Germana—, esta señora quiere llevarte a París. ¿Quieres irte con ella?

Por toda contestación el niño se echó en brazos de Germana, y dirigió una mirada de recelo a la señora Chermidy.

—Le queremos todos—dijo Germana.

—Usted también, señora. Es una habilidad.

—Es natural. Se le parece mucho a su padre.

—Mírame bien—dijo la viuda a su hijo—. ¿No me reconoces?