—¿Y ese proceso, ese escándalo con que nos amenaza?
—Ofrézcala dinero.
—Pero, ¿y su hijo?
—Cuestión de dinero. Claro que habrá de ser mucho. Se dan dos sueldos a un mendigo de blusa, diez al que viste de americana, cien al de levita; calcule usted lo que conviene ofrecer a los que mendigan en coche de cuatro caballos.
—¿Quiere ir usted a ver lo que pide?
—¡Diablo! Usted me ha contratado por meses; no contábamos las visitas.
El doctor se hizo llevar a casa de la señora Chermidy. Cuando entró, estaba en escena. Sentada lánguidamente en un gran sillón, los brazos colgando, la cabellera suelta, dejaba errar sus ojos melancólicos, y Soñadora, miraba vagamente hacia el espacio.
—Buenos días, señora—dijo el doctor—. Puede usted sentarse a su comodidad, soy yo.
Se levantó sobresaltada, corrió a él y le dijo:
—¡Es usted, amigo mío! Me dio usted un disgusto el otro día. ¿Es así como debía acogerme después de una larga ausencia?