—No hablemos más de eso, ¿le parece a usted? Hoy no vengo como amigo, sino como embajador.
—¿No le veré a él, pues?
—No; pero, si tiene usted curiosidad por ver a alguien, puedo enseñarle al duque de La Tour de Embleuse.
—¿Está aquí?
—Sí, desde esta mañana. Una linda obra de usted, pero sin firma.
—No soy responsable de las necedades de todos los viejos locos que pierden la cabeza por mí.
—¿Ni de los millones que pierden en su casa? De acuerdo.
—¿Pero de buena fe me cree usted una mujer interesada, llave de los corazones?
—¡Caramba! ¿Cuánto quiere usted por volverse a París y permanecer tranquila allí?
—Nada.