Se comió en familia, con un solo invitado, el señor Stevens. La señora de Villanera le preguntó si la ley inglesa permitía a los magistrados expulsar a los vagabundos sin otra forma de proceso. El señor Stevens respondió que la legislación de su país protegía la libertad individual hasta en sus abusos.

—Eso está muy bien—dijo el doctor sonriendo—. ¿Y a las aventureras?

—Se las trata un poco más severamente.

—¿Aun cuando tengan cinco o seis millones de capital?

—Si conocéis muchas de esa especie, enviadlas todas a Inglaterra. Se las recibirá con los brazos abiertos, se las coronará de rosas y se casarán con lords.

La señora de Villanera hizo una mueca y se pasó a otra cosa.

Durante toda la comida, el viejo duque tuvo los ojos fijos en Mantoux. Aquel cerebro impotente, aquella memoria desvanecida, supo reconocer en él al hombre que había visto una sola vez en casa de la señora Chermidy. Lo llamó aparte después de los postres y lo condujo misteriosamente a su habitación.

—¿Dónde está ella?—le preguntó—. Tú la conoces; tú sabes dónde está oculta; ¡porque me la ocultan!

—Señor duque—respondió—, no sé a quien...

—Te hablo de Honorina. Ya sabes quién es, Honorina, la dama de la calle del Circo.