Le Tas le dijo:

—Si no me equivoco, y me parece que no, usted es un excelente hombre, como yo soy una buena muchacha. ¿Por qué no intenta usted colocarse en una buena casa, puesto que ya ha servido? Yo estoy en París, en casa de una señora sola que me trata muy bien; y no me sería difícil encontrarle algo por el estilo.

—Le doy las gracias de todo corazón; pero me está prohibida la estancia en París.

—¿Por el médico?

—Sí, estoy delicado del pecho.

—Precisamente la plaza que le ofrezco no es en París. Es fuera de Francia, allá por Turquía, en un país donde los tísicos van a curarse calentándose al sol.

—Si la casa es buena, eso me gustaría mucho. Pero necesito muchas cosas para pasar la frontera: dinero, pasaportes, y no tengo nada de eso.

—Nada le faltará si usted conviene a la señora. Pero sería conveniente permanecer en París aunque no fuese más que una o dos horas.

—Eso es fácil. No me ocurriría nada aunque pasase un día entero.

—Seguramente.